Hemos aprendido a vivir pegados al móvil en todo momento. Ya no usamos calculadoras, despertadores, linternas ni agendas. Ahora todo cabe en nuestro bolsillo gracias a los smartphones que nos han hecho la vida más fácil y más dependiente. Porque cuando tenemos que enviar a reparación el móvil nos echamos a temblar.
La dependencia tecnológica ha alcanzado tal límite que hoy en día somos incapaces de salir a la calle sin el teléfono. Un gran número de la población sufre nomofobia – pánico a estar sin el teléfono móvil – en mayor o menor medida cuando se olvida el teléfono en casa o descubre que se ha agotado la batería de su móvil.
Muchas personas sufren tanto estrés por estar sin su móvil que prefieren no enviarlo a reparar aunque se haya roto la pantalla o no puedan utilizar todas sus funciones: Prefieren seguir usando su teléfono a estar varios días sin él. Otros apuran hasta el último momento y no lo reparan hasta que no han encontrado un móvil de sustitución que comprar o han renovado el suyo con un modelo superior.
La dependencia tecnológica es un problema, sobre todo, de gente joven. Sin embargo, cada vez está afectando a más colectivos que interactúan constantemente con el teléfono, como autónomos o empresarios que necesitan estar todo el día disponibles. En ocasiones esta dependencia genera cuadros de ansiedad que necesitan tratamiento médico.
Aunque el teléfono móvil es un gran invento que nos ayuda a estar conectados con todo el mundo, también genera adicciones que no son beneficiosas para las personas si no se controlan a tiempo. Como ocurre en muchos otros campos, es fundamental encontrar el equilibro entre un buen uso y el descanso de este aparato, porque así podremos superar la dependencia tecnológica y no sufrir ansiedad y nomofobia cuando tenemos que enviar a reparar el teléfono o nos quedamos sin batería durante algunas horas.

